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Hola y
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“Recirculando”
Una Novela por Paul V. Montesino, PhD
copyright 2005
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GRACIAS.
Prólogo.
El objetivo del cerebro humano es sobrevivir, lo que
significa que el resto del cuerpo perdura con él; su naturaleza no
difícil de figurar. Es un gran drama de la especie que se
representa en el teatro local de su cráneo. La mente, la expresión
del cerebro, quiere ser reconocida, aceptada, amada, tener un
impacto en sus alrededores, lo que se llama “hacer una
diferencia.”
A través de la historia escrita, la humanidad ha aplicado
consistentemente ese instrumento de libra y media de materia a
reconciliar su imagen narcisista y egoísta con la realidad
inevitable y humilde de la muerte que la confronta. La mente tiene
problemas concibiendo su opuesto, no mente. En ese proceso ha
“descubierto,” “inventado,” “confeccionado,” “reclamado ” o, por lo
menos, “aceptado” haber recibido de un mundo del mas allá
complicadas y, en muchas ocasiones, educadas, elaboradas y
sofisticadas fantasías de ambientes de otra vida futura donde
dioses y otras figuras celestiales existen y, no teniendo mas nada
que hacer, se ocupan constantemente con los aspectos triviales,
repetidos e irrelevantes de nuestras breves existencias mundanas.
¡Que aburrido!
Que esas fantasías han sido apoyadas por la tradición las han hecho
más fáciles de aceptar sin dudar. Después de todo, ¿que puede estar
equivocado con una creencia muy vieja que nos precede y que nos
hace sentir bien?
No es nuestra posición u objetivo decir si esas creencias son
posibles o no, en realidad son todas especulativas, su conjetura
tan buena o mala como la mía. Nuestra ciencia y nuestros
pensamientos se han visto constantemente envueltos en conflicto
tras conflicto, los unos con los otros, sobre el significado del
origen y fin de la vida, hasta que un nuevo y desalmado
descubrimiento científico disuelve la luz y razón fundamental de
algunas de esas creencias conflictivas como si fueran luciérnagas o
cocuyos que se deshacen en la oscuridad.
Algunos de esos conflictos están todavía con nosotros, tal vez
siempre lo estarán. El tema perenne de la evolución es uno de
ellos. Otros, como el tema del diluvio universal, la teoría de la
“Gran Inundación” y el Arca de Noe, fue un acompañante de todas las
interpretaciones “científicas” de la naturaleza y la longevidad de
la tierra hasta que la teoría de los glaciares apareció y echó todo
abajo.
Hay todavía quienes juran en favor de la tesis del diluvio
universal y la “Gran Inundación.” Tal vez no lo hacen tan abierta y
ruidosamente como aquellos que, basados en la fortaleza de
creencias religiosas que han estado con nosotros por unos cuantos
miles de años, todavía luchan contra sus superintendentes de
escuela local o estatal tratando de suprimir ideas evolucionistas
en un mundo en el que miles de especies se han ido para siempre sin
que lo hayamos notado en una realidad evolucionista de cientos de
miles o tal vez millones de años de existencia. Desafortunadamente,
cuando la creencia suplanta a la realidad, las gentes se llenan de
rencor. Es entonces que el mundo se vuelve propicio para nuestra
próxima Recirculación.
Capítulo Dos
La crisis en el mar: Parte
I
El compás cadencioso del taxi invitó a Robert a quedarse
dormido. Lo había resistido en el vuelo con éxito, pero la tensión
y la ansiedad de los últimos días y la pérdida de control de un
itinerario que se hallaba ahora en manos de otro lo venció.
Se sentía soñoliento, experimentando una mezcla agitada por la
presencia de memorias de la cadena de eventos que lo habían traído
al norte de California con la realidad de los amortiguadores y el
ruido del vehículo donde ahora viajaba. Le parecía estar viviendo
en dos mundos diferentes; el presente que le llevaba a Moffett y el
otro donde todo se había desmoronado... sus emociones oscilando de
uno al otro.
El día había comenzado dos semanas atrás con
una neblina ligera que se extendía hasta el horizonte del Océano
Pacífico y que el pronóstico del tiempo indicaba se levantaría a
media mañana. Tres ingenieros de NASA, cansados y curiosos a la vez
hicieron su aparición en el largo muelle tal como lo habían
anunciado después de volar desde la Costa Oriental durante toda la
noche, un viaje que los hacia lucir, mas que fatigados,
exhaustos.
Eran de mediana edad, vestidos con chaquetas
grises y azules con el logo de NASA tejido en sus pecheras, y
Robert notó con cierta risibilidad que todos usaban shorts de
estilo Bermuda, probablemente sobras de la Florida cálida de donde
provenían. Robert y su primer oficial habían esperado por ellos
impacientemente desde la alborada, habiendo pasado la noche
anterior en algunas de las preparaciones requeridas por la
visita
y las pruebas de los recién llegados.
Los miembros de la tripulación habían
inspeccionado el equipo electrónico localizado en el amplio cuarto
de ingeniería para asegurarse de que todo estaba en orden.
Acompañados por algunos directores de tráfico aéreo proveídos por
la Administración Federal de Aviación (FAA,) escuchaban
intensamente la frecuencia del tráfico aéreo que salía y llegaba a
LAX, el nombre con el que se conoce al aeropuerto internacional de
Los Ángeles. Robert estaba satisfecho de lo que veía; se
sentía optimista sobre las pruebas.
“Buenos días,” dijo el mas bajo de los tres
hombres que parecía ser el ingeniero jefe de NASA, mientras Robert
y Jerry Mendoza, su primer oficial y asociado en la compañía, se
acercaban a ellos con manos derechas extendidas en gesto de saludo.
“Yo soy Lou Johnson,” expresó el ingeniero jefe. Y después,
volviéndose y señalando a sus asociados en orden de presentación,”y
estos compañeros aquí son el Doctor Mark Lewinstein y el Teniente
Argibald McCain. Ustedes lo pueden llamar
Argie.”
Lou Johnson, su amistoso acento sureño evidente, se sonrió con
una campreste expresión de amistad y respeto. Él notó a varios
miembros de la tripulación de la Aurora II, que así se llamaba la
nave, apoyándose en la barandilla del barco.
“Buenos días para ustedes también, mi nombre es Robert
Johnson, no pariente de usted estoy seguro. Bienvenidos a Long
Beach y a la Aurora II. Y este que está aquí es Jerry Mendoza, mi
mano derecha e ingeniero jefe.” Todos intercambiaron estrechones de
manos y comenzaron a caminar hacia la ancha pasarela del barco, la
gris e impresionante presencia del viejo bote dominando el
panorama. La altura de seis pies de ambos, Roberth Johnson y su
asociado Jerry Mendoza, contrastaba con la de sus visitantes recién
llegados. Robert, de piel de color ligera, sus ojos azules y
cabello velludo rubio; Jerry Mendoza, su piel aceitunada, con ojos
penetrantes negros, probablemente de extracción latina como su
apellido indicaba, sin mucho pelo en su cabeza casi calva de unos
cincuenta años.
“Tenemos unos cuantos equipos en nuestra camioneta que les
agradeceríamos nos ayudaran a traer,” dijo Lou Johnson mirando y
señalando hacia el barco y asentando con su cabeza en un gesto que
podía interpretarse como de aprobación y admiración, “son muy
pesados y difíciles para traerlos a bordo por nosotros
mismos.” Él no parecía un tipo atlético; es mas que se veía
hasta con un poco de sobrepeso, a diferencia de sus dos asociados
que no solo lucían más jóvenes sino que aparentaban tener
características musculares más fuertes.
“No hay problema,” contestó Robert, “Jerry puede
conseguirnos a algunos de los miembros de la tripulación para que
nos den unas manos y tendremos mucho gusto en ayudarlos a cargar
sus instrumenyos a bordo. Estamos ansiosos de comenzar.”
Una hora después más o menos, todo el equipo de prueba de
NASA colocado sin contratiempos a bordo, sus cables eléctricos
listos para ser enchufados, los motores del barco comenzaron a
zumbar.
“¿Cual es nuestro destino?” preguntó Lou Johnson mientras
sacaba una pipa de tabaco de su bolsillo. Y entonces,
defensivamente, “O, no se preocupen. Yo no la fumo. Solamente la
muerdo. Me ayuda a mantener la mente clara,” dijo mientras se
reía.
“Si mi entendimiento de las instrucciones que recibí de su
oficina de la Florida está correcto, tenemos que navegar unas
trescientas millas náuticas hacia el suroeste de aquí y detenernos
para la primera prueba. No estamos seguros de lo que esa prueba va
a ser,” respondió Robert.
“Correcto,” confirmó Lou, “nosotros no sabemos los
detalles de las pruebas tampoco. Se supone que sean confidenciales.
Eso es parte del trato que usted hizo. En caso de emergencia, no
sabemos lo que el trasbordador va a hacer. Planear el viaje es una
cosa, planear una emergencia específica es otra. Es por eso que
hacemos las pruebas a mar abierto, no aquí en el muelle o en
simulaciones de computadoras. Sabremos lo que la prueba va a ser
cuando les envíen a ustedes los detalles a través del
cablegrama.”
“Nosotros entendemos,” contestó Robert con un repentino
fruncir de inseguridad de ceño sobre su frente. Y tratando de
cambiar el tópico hacia un asunto mas positivo, “Yo presumo que
ustedes querrán algo de comer,” dijo sonriendo.
“O, desde luego. Eso sería ideal.”
“Jerry, ¿puedes ver si Tom está ocupado por favor?”
preguntó Robert Johnson a su primer oficial.
“Sí Bob; a propósito, yo creo que Tom está preparando el
almuerzo ya; pero eso será para mas tarde. Yo le puedo pedir que
nos prepare algunos bocaditos, leche, café y jugo para estos
amigos.”
“¿Como no? Eso está bien,” contestó Lou satisfecho.
“Vamos a navegar en unos minutos y no llegaremos hasta el
punto de las pruebas hasta muy tarde esta noche o tal vez en la
mañana. Esta nave viaja rápido. ¿Hay algo mas que pueden o
quisieran hacer mientras tanto?
“Sí, ya que lo menciona, nos gustaría hacer un recorrido
de inspección por el barco. Necesitamos saber su capacidad, las
condiciones del cuarto de motores, facilidades…,” contestó Lou
Johnson, “tenemos una lista que chequear bastante extensa. Creo que
lo mejor es que comencemos ahora y entonces continuar cuando
regresemos del área de prueba si es satisfactorio para ustedes.”
Robert asintió moviendo la cabeza de arriba a abajo.
“Y
también tenemos que determinar donde planean tener las facilidades
médicas,” añadió el hombre que respondía al nombre de Doctor
Lewinstein. “Yo tengo experiencia médica y quiero asegurarme que
tendremos todo lo que necesitarán, cuanto de ello será suministrado
por nosotros, cosas así. Nosotros tenemos ciertos estándares para
los astronautas y queremos asegurarnos que proveemos ese equipo.
Todo les será enviado e instalado por nuestro propio personal, pero
yo necesito saber exactamente cuanto espacio tendremos
disponible.”
“Yo entiendo,” dijo Robert.
“Ah, y también queremos chequear la cubierta de aterrizaje
de los helicópteros. Yo creo que la vi cuando llegamos, pero no en
gran detalle. Estaba algo bloqueada de mi vista,” añadió el otro
hombre, el que se llamaba Argie, “¿Ustedes lo han usado alguna otra
vez?
“En realidad la cubierta de aterrizaje era parte de la
nave, pero no se había usado por largo tiempo y lo que hicimos fue
añadir ciertos refuerzos a su fundación basados en el peso de los
helicópteros de la marina que ustedes nos indicaron en la Solicitud
de Proposición y creo que es suficientemente seguro. La
pintura amarilla que ustedes requieren se va a añadir tan pronto
regresemos,” contestó Robert.
“Bien; eso lo chequearemos. Estoy seguro que a las Focas
de la Marina les va a gustar ese color. Ellos odian aterrizar en
medio de la oscuridad sobre la cubierta gris de un barco. Una vez
que ustedes hayan terminado con sus preparativos van a conducir un
aterrizaje de prueba también.”
En
ese momento, mientras la nave comenzaba a moverse a ambos lados,
todos se dieron cuenta de su partida, un hecho confirmado por tres
o cuatro sonidos de su sirena.
En
el próximo capítulo: La crisis en el Mar Parte II
Capitulo Numero Uno
El
Comienzo de la crisis
Era ya una hora muy tarde de
otro día claro típico de California cuando el perfil de la
forma plateada del vuelo 250 oriundo de Long Beach se vio posándose
graciosamente sobre la pista del Aeropuerto Internacional de
Oakland. El sol había comenzado su rojizo descenso sobre el
horizonte distante, una vista que en otras ocasiones Robert Jonson
hubiera apreciado y disfrutado. No esta vez.
Su vida profesional había tomado
una trayectoria súbita nada deseable durante las últimas semanas y
tenia la impresión de que ese cambio repentino iba a hacer mas
difícil controlar las consecuencias desagradables de la nueva
dirección no solo porque eran negativas sino también porque no era
capaz de adivinar su solución o siquiera su origen. Desde que
su esposa Dolores había fallecido repentinamente de una enfermedad
cardiaca no diagnosticada hacía seis años él había tratado de
reorientarse, y en general las cosas no habían ido muy mal. No era
solamente por su propio beneficio que lo hacía sino por la
felicidad de su única hija Rosalind, ahora una estudiante en el
penúltimo año de la escuela de Antropología de UCSB, la dependencia
en Santa Bárbara del Sistema de Universidades del Estado de
California.
Cuando el avión se acercó a la
salida de arribo asignada a su vuelo, la nave tuvo que esperar por
varios minutos interminables para permitir la salida de otra, una
demora que tenía sensación de eternidad. Robert miró su reloj con
impaciencia. El Doctor Julius Laramie, su viejo amigo y punto de
contacto en el Centro de Investigaciones de NASA en Moffet Field
cerca de Mountain View, le había ofrecido quedarse tarde y
esperarlo para discutir detalles de los recientes eventos. Él había
preferido reunirse cuando la mayoría de la empleomanía y la
administración del centro se hallarían en camino a sus hogares y
así la visita sería, si no ignorada en el registro de entrada, al
menos no observada por los que conocían la historia.
Robert se sentía muy agradecido
de la oferta de su amigo y no quería molestarle más de lo que era
necesario. Su instinto le decía que este gesto generoso iba a ser
posiblemente lo último que el Doctor Laramie podría hacer en su
favor por mucho tiempo, aunque Robert continuaba ilusamente
esperanzado en alguna solución mágica. El viaje del aeropuerto al
centro de Moffett a través de la Ruta 880 y después la Ruta 101 iba
a tomar algún tiempo, particularmente a esa hora de máximo tráfico,
y Robert le pidió al taxista que tratara de hacerlo lo mas pronto
posible. Colocando el portafolio marrón que traía a su lado en el
asiento cerró y masajeó sus oscuros y cansados ojos como si tratara
de evitar las imágenes problemáticas que le continuaban a venir a
su mente.
Unos meses atrás, en respuesta a
límites presupuestales impuestos por el Congreso a NASA y como
resultado de los accidentes del Trasbordador de los años pasados,
el Challenger en 1986, Columbia en el 2003, la Agencia había
encontrado conveniente reclasificar algunas categorías de gastos
que podían ser menos permanentes, es decir mas ajustables y
variables. Todo era abierto, en realidad intentada como una nueva
política de relaciones públicas, pero le daría a los
administradores del programa espacial la oportunidad y la
flexibilidad de incurrir los gastos solamente cuando se necesitaba
mientras esperaban por la continuidad del titubeante programa
espacial y las distribuciones de fondos de un gobierno federal
tacaño que mostraba síntomas de estar perdiendo su
paciencia.
Uno de esos “gastos” estaba
relacionado con los sistemas de soporte de observación y radar que
se requería en el lanzamiento del Trasbordador. Aunque era cierto
que los cielos sobre la tierra proveían suficientes satélites
civiles y militares capaces de mantener sus ojos sobre nuestras
vidas y las delicadas actividades del Trasbordador, había áreas del
globo, particularmente en el extenso Océano Pacifico, donde la
adición de una redundancia técnica podía ser de beneficio en caso
de emergencia.
No solo había necesidad de tener
un puesto de observación que vigilara la senda, planeada o
accidental, de la nave espacial, sino que la precaución y el
sentido común requerían una net de seguridad; una estación de
aterrizaje móvil localizada estratégicamente en algún lugar donde
las Focas Navales, los llamados Navy Seals, y otros expertos en
rescate, pudieran encargarse de proteger las vidas de los
astronautas si las circunstancias lo requerían. La tragedia mas
reciente del accidente de Colombia era un buen ejemplo. Y, por
encima de todo, tenia mucho valor de relaciones públicas con el
Congreso y el resto de nosotros. Con la constante presencia y
asistencia directiva y el soporte moral de su buen amigo y antiguo
compañero de dormitorio de la universidad el Doctor Laramie, Robert
Jonson había recibido un contrato de NASA para proveer ese tipo de
estación de emergencia marítima.
El ingeniero náutico de cuarenta
y siete años recientemente cumplidos se volvió extático.
Inmediatamente comenzó a trabajar con entusiasmo para cumplir con
su parte del contrato. Algunos años atrás, al principio de la
década de los noventa, tan pronto Robert regresó lleno de
ambiciones y renovada creatividad tras su participación en las
operaciones navales de la primera guerra de Irak, decidió invertir
en una empresa que le era familiar: investigaciones oceánicas. Uno
de los barcos anclados en Long Beach había sido parte de la flota
de vigilancia electrónica de la Marina durante la difunta Guerra
Fría y había sido retirado después de ser despojado de su
tecnología secreta. Si embargo, la nave había sido dejado con
suficiente equipo para poder servir como estación meteorológica,
actividades petroleras alejadas de la costa o proveyendo
instalación de cable de fibra submarina contratado por compañías
telefónicas internacionales.
Con su propio dinero, el de sus
familiares y amigos con recursos y un préstamo de bajo interés de
la Administración de Pequeños Negocios del gobierno, Robert había
obtenido una cantidad grande de dinero que le ofreció la
oportunidad de contratar algunos de sus antiguos desempleados
compañeros de la Marina y comenzar su nuevo negocio.
La empresa, sin embargo, no
había sido siempre muy exitosa y venturosa y a veces tenía
dificultades sustentando su nómina de pago. El nuevo contrato con
NASA había caído como una bendición del cielo. Era bueno para el
negocio y le dio credibilidad adicional con clientes corrientes o
potenciales. Robert no desperdició un minuto en sacar al barco del
muelle para las primeras pruebas requeridas por la agencia
espacial. La nave tendría que pasar por algunos exámenes, ser
certificado por NASA para su tarea como soporte y entonces sentarse
a esperar; tal vez encontrar algún trabajo mundano cuando se
necesitara hasta el próximo lanzamiento del Trasbordador, que se
esperaba aproximadamente en cinco meses.
El Próximo Capitulo Dos. La
crisis en el mar Parte I.
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